Un Sant Jordi contado por turistas.
Por Helena Torres Guillén
Barcelona, un mes antes de Sant Jordi. La ciudad aún no ha estallado en rosas ni en montañas de libros, pero ya se empieza respira ese aire de “algo pasará aquí”, mezclado con turistas que intentan descifrarlo antes de que suceda. En esta fase previa ni calma ni caos, sino una especie de ensayo general, salimos a preguntar por la Casa Batlló, uno de los epicentros turísticos, durante todo el año, y especialmente el día 23 de abril:
¿Qué creen los turistas que es Sant Jordi?
Las respuestas confirman que la imaginación, cuando no tiene datos, trabaja horas extra.
“It’s tomorrow, right? Or like… soon?” 1 , dice un turista estadounidense mirando su móvil, como si Sant Jordi fuera un evento del tipo concierto que pudiera perderse por despiste. Cree haber oído que “people give flowers and books”, aunque no tiene claro si es obligatorio dar ambos o si existe una versión “low-cost” del asunto. “Maybe just a flower?”, propone, visiblemente aliviado por la opción mínimal.
Una pareja francesa parece más informada, o al menos más convencida. “Es como San Valentín, pero mejor” 2 , afirma ella. Él asiente con una seguridad que no admite preguntas. Sin embargo, al profundizar un poco, emerge la duda: “¿Pero quién regala qué?”. Se miran entre ellos, brevemente incómodos, como si Sant Jordi pudiera generar un conflicto diplomático de pareja en cuestión de segundos.
Un turista Coreano, adopta un enfoque más analítico.“So, let me get this straight, books and roses. Why those two things specifically?”. 3 Se le menciona la leyenda, el dragón, la sangre convertida en rosa… y los libros añadidos después. Pausa. “Sounds like a very efficient rebranding”, concluye, con una media sonrisa. Tradición, sí, pero con actualización estratégica.
Mientras tanto, una familia japonesa ya ha decidido su versión definitiva. “Seguro que habrá mucha gente, música, y algo para beber”,4 dicen con confianza. Los libros quedan en segundo plano, como un accesorio cultural que nadie quiere quitar, pero que tampoco resulta imprescindible. “Igualmente iremos”, aclaran, porque, al final, lo importante es participar… aunque no esté claro en qué.
La interpretación más sorprendente llega de una turista alemana que, tras escuchar varias explicaciones contradictorias, sintetiza: “Entonces Seint Gordi, es como un festival donde la gente compra cosas simbólicas para demostrar afecto… pero también para hacer fotos”.5 No va desencaminada. Quizás incluso ha entendido demasiado bien.
En este mes previo, Sant Jordi existe más como hipótesis que como realidad. Es una tradición a medio construir en la mente de quienes están de paso, un híbrido entre fiesta, ritual romántico y evento cultural que promete mucho, explica poco y se deja reinterpretar con facilidad. Y ahí está la gracia. Antes de que llegue el día y todo se llene de certezas, rosas, libros, multitudes, este Sant Jordi anticipado es casi mejor, un borrador colectivo, caótico y ligeramente absurdo, donde cada turista proyecta su propia versión.
El jueves 23 , probablemente, descubrirán lo que realmente es. O quizás no. Pero este fin de semana, en Barcelona, Sant Jordi ya se celebra… aunque todavía nadie tenga muy claro por qué.


