Sant Valentín vs Sant Jordi una batalla de amor

Por Jorge Valentine

Cada año, millones de personas celebran el amor a través de fechas señaladas como San Valentín y Sant Jordi, aunque sus orígenes y connotaciones son muy distintos. San Valentín suele presentarse como una jornada marcada por el consumo, mientras que Sant Jordi se asocia a una celebración que combina cultura, tradición y afecto. Sin embargo, en el contexto actual de turismo masivo, cabe preguntarse si la esencia de Sant Jordi permanece intacta o si, por el contrario, ha terminado por convertirse en otra forma de consumo.

"El amor y la cultura son solo una excusa para vender más productos"

El 14 de febrero se celebra San Valentín, conocido como el día de los enamorados. Aunque hoy se percibe como una festividad romántica, la historia de su origen dista bastante de ser un relato idílico. De hecho, existen varias versiones sobre la figura de San Valentín, e incluso se ha puesto en duda su existencia histórica: el papa Pablo VI revisó el santoral y excluyó a diversos santos por falta de pruebas. La versión más extendida sitúa su historia en el siglo III, durante el mandato del emperador Claudio II, quien prohibió el matrimonio entre soldados al considerar que los hombres casados rendían peor en la guerra

Caminar sin similar que están jugando al Twister debido a la cantidad de gente que hay.

Es aquí donde aparece Valentín, un sacerdote que desafió la orden imperial y continuó celebrando matrimonios en secreto. Su desobediencia le costó la detención y su traslado ante las autoridades romanas. Finalmente, el 14 de febrero del año 270 fue ejecutado por negarse a renunciar a su fe, siendo decapitado y enterrado en la Puerta Flaminia. La tradición de San Valentín, especialmente impulsada en Estados Unidos desde el siglo XIX, se ha globalizado como una estrategia de mercado.

En cambio, la leyenda de Sant Jordi, patrón de Cataluña, ha evolucionado hasta convertirse en una celebración profundamente ligada a la cultura catalana. Su origen también se vincula a un martirio: Jordi, un caballero bajo las órdenes del emperador Diocleciano, se negó a perseguir a los cristianos y fue ejecutado por ello. Con el tiempo, su figura se transformó en leyenda. La narración más conocida se sitúa en el pueblo de Montblanc, donde un dragón aterrorizaba a la población devorando tanto a personas como a animales. Para apaciguarlo, el pueblo decidió sacrificar a un habitante cada día. Cuando la víctima elegida fue la hija del rey, un caballero apareció en el último momento y mató al dragón con su lanza. De la sangre de la bestia brotó un rosal de rosas rojas, dando origen a la tradición de regalar rosas.

El amor parece medirse por el gasto”

Actualmente, más allá de sus orígenes, ambas celebraciones comparten una dimensión claramente comercial, donde el amor y la cultura se convierten en excusas para vender productos bajo esas etiquetas.
En el caso de Sant Jordi, esta mercantilización sabe mimetizarse bajo discursos de identidad y cultura. Sin embargo, desde hace años, pasear por las calles de Barcelona en este día implica encontrarse con una gran afluencia de turistas dispuestos a pagar precios exorbitantes a cambio de vivir la experiencia del “San Valentín catalán”. Esto lleva a preguntarse qué es más importante: que el visitante realice una especie de performance de la catalanidad, como si se tratara de algo exótico o en vías de extinción, o que la población local pueda disfrutar de la jornada sin la sensación de oír más “thank you” que “gràcies”, ni de avanzar entre la multitud como si estuviera jugando al Twister. El amor parece medirse por el gasto: regalos, cenas —cuanto más caras, mejor— o viajes se han convertido en indicadores de afecto. Todo se reduce al “postureo”: demostrar cuánto amas a tu pareja o a tus seres queridos a través de historias o publicaciones en Instagram u otras redes sociales, en lugar de disfrutar realmente de su compañía. Cuantas más rosas recibas, mejor quedará la foto que publicarás durante 24 horas, antes de que las flores se marchiten en un vaso con agua.

Pasear por Barcelona durante este día implica encontrarse con rosas a precios elevados y una oferta literaria dominada por títulos comerciales. Muchas librerías priorizan obras de éxito asegurado, dejando en segundo plano propuestas más arriesgadas o autores emergentes. Las calles se han convertido en un gran escaparate cultural: espacios emblemáticos como la Rambla se llenan de puestos y visitantes, mientras que ciudades como Girona, Lleida o Tarragona, menos afectadas por el turismo masivo, conservan un carácter más fiel a la tradición. El escritor Ponç Puigdevall, en su artículo “Por un Sant Jordi fuera de lo mainstream”, señala que la festividad se ha convertido en un día en el que “triunfa la estadística”: el criterio literario pierde importancia y lo único que cuenta son las listas de ventas. En este contexto predominan los autores mediáticos y los llamados longsellers, pensados para garantizar beneficios sostenidos, mientras que las voces más experimentales quedan relegadas. Lo que en su origen fue una celebración íntima del amor y la cultura se ha transformado en un evento multitudinario con un fuerte componente económico.

Aun así, Sant Jordi sigue siendo uno de los pilares de la identidad catalana. El reto reside en preservar su esencia frente a la presión del mercado: fomentar la diversidad literaria y dar visibilidad a nuevas propuestas para que la festividad continúe siendo un símbolo de cultura viva, y no únicamente un escaparate de consumo.

Deixa un comentari