Lo que trama una rosa

Por Alba Lamas Santacana

Sant Jordi siempre nos lo han vendido como una tradición preciosa: libros, rosas, calles llenas y
gente feliz. Todo muy bonito, muy estético, muy de foto. Pero nadie habla demasiado de lo que
realmente pasa ese día. Porque no, la rosa no es solo una rosa. Ojalá fuera tan simple.


Nos encanta fingir que es un gesto cualquiera, casi automático. “Una rosa, porque toca”. Como si no
hubiera nada detrás, como si solo fuera cumplir con una especie de protocolo romántico-social que
hemos asumido sin pensar. Pero qué casualidad que algo tan “simple” consiga remover tanto. Qué
casualidad que nos haga tanta ilusión recibirla. O incluso verla de lejos, en manos de otra persona, y
notar un pequeño pinchazo en el pecho que ni sabemos explicar.


¿Por qué nos gustan tanto las flores? Si lo pensamos fríamente, son un regalo bastante absurdo. Son
bonitas, sí, pero se mueren. Tienen espinas, duran unos días y luego desaparecen. Un negocio poco
práctico, casi una apuesta perdida desde el principio. Y aun así… nos encantan. Quizá porque, en el
fondo, nos recuerdan demasiado a todo lo que sentimos: bonito, intenso y con fecha de caducidad. No
lo decimos, pero lo intuimos. Y aceptar una flor es aceptar, sin palabras, que todo lo que vale la pena
viene con ese riesgo: el de acabarse.


Recibir una rosa es recibir algo que sabes que no va a durar, pero que aun así alguien ha decidido
darte. Y eso, aunque intentemos quitarle importancia, pesa. Porque no es la rosa. Es el pensamiento.
Es imaginar a esa persona eligiéndola, dudando entre unas y otras, llevándola en la mano, pensando
en tu cara al verla. Son los segundos previos: el “se verá muy cursi”, el “igual llego tarde”, el “a ver
cómo reaccionará”. La rosa es solo la parte visible de un proceso silencioso, de un pequeño miedo, de
una pequeña apuesta.


De hecho, lo más interesante ni siquiera es el momento exacto en que la recibes. Es todo lo que pasa
antes, lo que no vemos. El camino hasta la floristería, la cola de gente que espera, las manos inquietas,
las miradas curiosas a las rosas ajenas. Esas pequeñas historias paralelas que no conocemos, pero que
están ocurriendo al mismo tiempo. En cada rosa hay una decisión, una duda, un “me lanzo igual”. Y en
cada persona que la compra hay algo de vulnerabilidad, aunque vaya disimulada con chistes o con
prisas.


El otro día mi novio me dijo que cuando lleva flores por la calle, la gente le sonríe más. Sobre todo las
mujeres. Y claro, ahí te das cuenta de algo: las flores no solo se regalan, se comparten sin querer.
Porque cuando ves a alguien con un ramo, no ves flores. Ves una historia. Sabes que alguien va a
recibirlas. Y, aunque no lo admitamos, por un segundo te imaginas siendo tú. Te ves a ti misma
sosteniendo ese ramo, bajando la mirada, fingiendo que no te importa tanto. Y sí, eso da un poco de
rabia… pero también te hace sonreír. Hay algo esperanzador en saber que todavía hay gente que se
toma la molestia de regalar belleza.


Es curioso cómo un gesto tan íntimo se vuelve casi público. Cómo alguien caminando con flores
genera más miradas, más calidez, más humanidad a su alrededor. De repente, los desconocidos
comparten una complicidad silenciosa: una señora mayor que sonríe, una chica que se gira, un niño
que estira la mano para tocar los pétalos. Como si todos estuviéramos de acuerdo, sin decir nada, en
que ese pequeño acto significa algo importante. Como si no hicieran falta las palabras. Ese momento
crea una especie de sentimiento colectivo, una emoción compartida en medio de la calle, y creo que no
hay nada más humano que eso: sentir con otros sin conocernos, reconocernos en el deseo del otro de
ser querido.


Porque, en el fondo, las flores actúan como un espejo. No solo miramos la rosa; nos miramos a
nosotros mismos a través de ella. Pensamos en a quién se la daríamos, quién nos la daría a nosotros, a
quién ya no se la damos, a quién no se la dimos nunca. La flor abre la puerta de un recuerdo, de un
duelo, de una ilusión nueva o de una herida vieja. Y todo eso ocurre en segundos, al cruzarte por la
calle con alguien que ni siquiera sabes cómo se llama.


Y luego está el después. Cuando ya son tuyas.


Caminas con la rosa y, de repente, todo cambia un poco. La sujetas con más cuidado de lo normal,
como si fuera más frágil que el resto de cosas que llevas encima. La miras más de lo normal. La hueles
sin necesidad. Sonríes sin darte cuenta. Te descubres mirándote en los escaparates, viendo cómo se ve
en tu mano, como si la rosa también dijera algo sobre ti, como si te volviera un poco más protagonista
de tu propia vida. Puede que nadie te esté mirando, pero tú sigues ahí, en tu pequeño momento.
Recordando quién te la ha dado, cómo te la ha dado, qué sentías justo entonces. Volviendo a ese gesto
una y otra vez, como si rebobinaras mentalmente una escena que no quieres que se acabe.


Cuando llegas a casa, empieza otra fase. Buscarle un vaso, improvisar un jarrón con lo que sea,
cortarle un poco el tallo, colocarla en el sitio “perfecto”. Ya no es solo una rosa: es un pequeño altar a
un momento. Cada vez que pasas por delante, se activa algo: una sonrisa, una duda, un “¿y si esto no
dura?”, un “ojalá esto sí dure”. La rosa se convierte en una excusa diaria para volver al mismo
pensamiento.


Y quizá lo más irónico de todo es que algo que se va a marchitar en unos días consiga quedarse tanto
tiempo dentro de ti. La flor se irá, pero el gesto se aferra. Lo que desaparece del jarrón se queda en la
memoria. Y esa contradicción duele un poco, pero también consuela: nos recuerda que hay cosas que
solo existen un momento y, precisamente por eso, se vuelven inolvidables.
Tal vez por ese miedo a dejar ir, a aceptar que lo bonito no dura, buscamos trucos para alargar lo
inevitable. Nos aferramos a la idea de que, con el método adecuado, podremos engañar al tiempo.
Preguntamos cómo conservar las flores más días, buscamos remedios caseros: que si ponerles
aspirina, que si azúcar, que si unas gotas de vodka, que si cortarlas en diagonal, que si colgarlas hacia
abajo para disecarlas. Como si, al salvar la flor, pudiéramos salvar también lo que sentimos cuando
nos la dieron.


Pero las flores no están hechas para durar. Y eso no es una tragedia: es justo su sentido. Ellas crecen,
se abren, llegan a su máximo esplendor y después mueren. No se resisten, no negocian con el
calendario. Simplemente cumplen su ciclo. En realidad, su trabajo no es permanecer intactas en un
jarrón, sino obligarnos a mirar el presente de frente. A detenernos. A admitir que este instante —esta
rosa, esta persona, este gesto— existe ahora y no se repetirá exactamente igual.

Quizá por eso duele tanto ver cómo se marchitan. No por la flor en sí, sino porque nos obligan a
practicar algo que no sabemos hacer: dejar ir. Ver caer un pétalo es aceptar que ese día ya no va a
volver. Que esa versión de ti que sonreía con la rosa recién entregada ya es pasado. Si te despistas, si
dejas la flor olvidada en una esquina, cuando parpadees sin darte cuenta, ¿sabes qué habrá pasado?
Que ya se habrá ido. Que te la habrás perdido. Y no porque no fuese suficiente, sino porque no
estuviste presente mientras duraba.


Para eso sirven, en el fondo: para entrenarnos a estar aquí, ahora. Nos obligan a mirar más despacio,
a parar el piloto automático. Una flor no se puede guardar como se guarda una foto en el móvil. No
hay copia de seguridad. O la vives o la pierdes. Y quizá, aunque suene dramático, lo mismo pasa con
las personas y con los momentos que importan: no están para ser conservados en perfecto estado, sino
para ser vividos con intensidad mientras existen.

Por eso Sant Jordi no va de rosas. O al menos no solo. Va de todo lo que pasa alrededor de ellas. De
lo que imaginamos, de lo que sentimos, de lo que no decimos. De las historias que no vemos, de las
miradas cruzadas en la calle, del gesto de vulnerabilidad de quien se atreve a regalar algo tan frágil. Va
del miedo al rechazo, del deseo de ser elegido, de la ilusión que nos da imaginarnos en la mente de
alguien aunque sea unos segundos.


También va de todas las rosas que no se dan. De las que se quedaron en intención, en carrito, en
borrador de mensaje. De las personas que pasan por una parada de rosas, miran, suspiran y siguen
caminando. De los amores que no se atreven, de los afectos que no encuentran forma ni momento.
Incluso esas “no rosas” cuentan algo: hablan de nuestras barreras, de nuestros miedos, de lo que nos
cuesta exponernos. Porque regalar una flor siempre es un riesgo: puede que la persona sonría, puede
que no entienda, puede que no quiera lo mismo que tú. Y aun así, a veces lo hacemos.

Al final, lo que llama la atención no es la rosa en sí, sino todo lo que revela de nosotros. Cómo nos
acercamos al amor, a la amistad, al cariño. Cómo nos relacionamos con la pérdida, con el tiempo, con
la fragilidad. Sant Jordi, en el fondo, es una excusa para hacer visible algo que casi siempre
escondemos: las ganas de decir “pienso en ti” sin tener que pronunciarlo tan directamente.


Porque al final, la rosa no importa tanto.


Lo que importa es que, aunque sea por un momento, alguien pensó en ti. Que te eligió entre todas las
personas posibles. Que se tomó el tiempo de imaginar tu reacción, de caminar con la rosa en la mano,
de enfrentarse a su propia vergüenza o a su propia timidez para llegar hasta ti. Y eso —aunque
intentemos hacer ver que no— nunca es poca cosa. Es, quizá, la única razón por la que seguimos
celebrando días como Sant Jordi: para recordarnos que, en un mundo que va demasiado rápido,
todavía hay gestos pequeños que nos obligan a sentir despacio.

Por eso Sant Jordi no va de rosas. O al menos no solo. Va de todo lo que pasa alrededor de ellas. De
lo que imaginamos, de lo que sentimos, de lo que no decimos. De cómo algo aparentemente
insignificante puede cambiarte el día.


Porque al final, la rosa no importa tanto.


Lo que importa es que, aunque sea por un momento, alguien pensó en ti. Y eso —aunque intentemos
hacer ver que no— nunca es poca cosa.

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