(falta de) Sexo en Barcelona

Nika

En la víspera de San Jordi de este año recibí una llamada inesperada a las 10 de la mañana
de un lunes, número desconocido, pero yo sabía bien quién estaba al otro lado de la línea.
“Te he enviado un mensaje y no se marcaba el segundo “tick”, pensé que quizás me
habías bloqueado”. Correcto, así era, y tuve mis razones para hacerlo. “¿Es algo urgente?”,
pregunté, mientras la ansiedad me estaba empezando a nublar por completo el cerebro.
“No, no te preocupes, no es nada malo ni requiere respuesta inmediata, solo llamaba para
asegurarme de que estabas bien. Si quieres, desbloquéame y lo lees todo con calma.”
¿Qué calma? ¿La que me acabas de arrebatar con tus impulsos egoístas y la incapacidad
de respetar los límites que pongo de la manera más evidente posible?

Desbloqueé a nuestro Don Quijote, que se dedicaba a luchar contra los obstáculos que le
imponía el mundo para poder llegar a mi corazón, que resultaban en realidad ser las
consecuencias de sus propios actos y las decisiones tomadas previamente, como por
ejemplo, haberme dejado hace cinco meses. Todo este caos, solamente para leer seis
líneas en las que me quiso comunicar que no puede olvidarme y vive atormentado por los
recuerdos que compartimos. No pude evitar hacerme la pregunta: ¿es en serio esto?

El amor se ha convertido en una bufonería, porque si esto que me ha ocurrido lo vamos a
considerar un acto de aprecio puro y desinteresado, tenemos un problema muy gordo.
Una manipulación verbal que no implica una acción real, que no implica resultados
palpables, unas palabras vacías que no tienen un objetivo real, más allá de despeinar las
emociones de la otra persona.


Tuve que convivir con lo ocurrido durante todo el día, horas de estómago revuelto y una
ola de sentimientos que iba en aumento. Estaba a dos gotas de colmar el vaso. Su voz
resonaba en mi mente y no lograba entender qué propósito había en volcar el bote
salvavidas de alguien que decidiste abandonar en la mitad del océano. Llegué a casa,
cené con mis amigos, nada fuera de mi rutina. Al despedirme para ir a mi cuarto se me
lagrimaron los ojos.


“Pero ¿qué necesitas que él haga?, no le das la posibilidad de demostrarte lo que siente,
has sido tú quien le ha hecho entender que no quieres volver a hablar”, me dijo Ivet
mientras estábamos tumbadas en mi cama intentando regular mi estado de ánimo. ¡¡Pues
claro, es que yo no quiero que hable más!!

– Si hubiera querido manifestar el gran amor que tanto pretende tener hacia mí, ¿no crees
que estaría debajo de casa, esperándome con un ramo de rosas y la llamada que yo recibí
por la mañana no hubiera sido para pedirme que le haga caso en un chat, sino para
pedirme que baje a recibirle con las disculpas que verdaderamente cree que me merezco?

– Eso solo pasa en las películas, hemos romantizado en exceso este tipo de narrativa.


Y mientras me veía inevitablemente reflejada en Carrie Bradshaw, la protagonista de Sexo
en Nueva York, me hice la gran pregunta: ¿Dónde quedó la caballerosidad? Quizá por eso
la leyenda de San Jordi siempre me ha parecido una historia sobre gestos que llegan
cuando más se necesitan. Y yo esperaba que él, mi querido caballero, luchara a mi vera
contra las dificultades que afrontábamos, luchara por nosotros, por mirarme a los ojos
una vez más. Pero su oasis solo fue un espejismo y la sed me acabó quemando la
garganta, tanto que no pude pronunciar ni una palabra más.

Mi idioma materno es conocido por su vasto vocabulario, ha dado paso a grandes poetas,
pero el infinito invierno me ha enseñado a desconfiar de las lenguas y dientes que narran
dulces cuentos y derriten con facilidad aquello tan vulnerable.


Yo tomé la errónea decisión de creer en la valentía de alguien que no la conoce, en un
hombre que durante nuestra relación me estuvo construyendo castillos en el aire, para
luego desvanecerse junto a ellos. Y quizás eso no es tan grave, como el querer perturbar
mi paz después de todo, el regresar de nuevo con la boca llena de afirmaciones y un
corazón sin coraje. ¿Dónde quedaron los sueños incumplidos? ¿Dónde puedo esconder
todo el amor que quedó entre mis manos si no existe caja de semejante grandeza? ¿Por
qué razón en esta generación hay tanto temor al querer? Mis dudas serán mi sentencia.

Lamentablemente, allí seguía, en mis aposentos de joven dama solitaria, sin rosas, sin
sacrificios, sin muestras genuinas de que merezco ser la prioridad de una persona que me
quiere, en este mundo tan frenético y alborotado. Quizás sea más nefasto aún admitir que
yo no estoy en la búsqueda del héroe impecable, sino de un acto que valga más que mil
promesas.

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