Afecto deambulante

Manu Camunya

Salimos de mi portal, en medio de la Diagonal de Barcelona, rodeados de gente que parecía tenerlo todo claro, hacia dónde ir, qué comprar, dónde parar. 

Pero nosotros no, y empezamos a verlo como un problema que solucionar. 

Caminábamos sin rumbo, mirando el móvil cada pocos minutos, como si en algún sitio de esas pequeñas pantallas nos fuesen a dar la respuesta.

El suelo estaba tibio, guardaba el calor de todo el día, y a cada paso notaba cómo la suela se deslizaba levemente en el asfalto al tener las suelas quemadas y lisas. Pasaban los coches muy cerca, dejando un rastro de ruido y aire caliente que nos rozaba las piernas. Olía a una mezcla rara de pan recién hecho de alguna panadería cercana, perfumes mezclados de gente iba pasando, y ese fondo constante de ciudad, un poco metálico, pero un poco húmedo.

Había demasiadas opciones, bares con terrazas llenas, escaparates que parecían llamarte desde dentro, tiendas exóticas y sitios a rebosar de gente que te hacían ojear por curiosidad.

Y aún así, ninguna parecía suficiente, como si al tener tantas opciones, la elección inmediata pareciese conformismo, un error, o una posibilidad aplastante de desperdiciar el día. 

—¿Qué hacemos?— La pregunta se quedó flotando más tiempo del necesario, suspendida entre nosotros como algo incómodo que a ambos nos costaba sostener, ese silencio nos hacia seguir caminando.

Me di cuenta de que no solo no sabíamos qué hacer, sino que tampoco sabíamos cómo parar. Ya que parar implicaba decidir, justificar ese parón, sentarse en un banco sin motivo parecía casi más extraño que seguir andando sosteniendo ese silencio.

En una ciudad como Barcelona, no hacer nada en pareja, no es exactamente no hacer nada, se siente más como una carencia de organización, una falta de prevención a esa nada o directamente fallar.

Fallar en producir un plan, una experiencia, un recuerdo.
Fallar en convertir ese afecto en algo visible, en algo que luego se pueda contar o tocar.

El tiempo y afecto, aquí, parece que tiene que pasar por algún sitio.

Mientras caminábamos, al tener mi mente en blanco, empecé a notar pequeñas cosas que normalmente pasan desapercibidas, el sonido irregular de nuestros pasos desacompasados, el roce de mi manga contra mi propio brazo, el reflejo del sol que se reflejaba en los cristales de los edificios y me obligaba a entrecerrar los ojos. 

Pero estar, sin más, sigue pareciendo insuficiente.

Y acogiéndome a esa sensación de insuficiencia, en medio de ese caminar sin dirección, me vino un recuerdo muy lucido.

Sant Jordi del año pasado.

Pero con una sensación totalmente opuesta a esta insuficiencia que sentía ahora, ya que la calle parecia llena de propósitos, planes y afectos palpables. Los puestos de libros ocupando las aceras, las rosas apretadas en ramos que desprendían muy levemente un olor dulce al pasar cerca, leves sonidos de páginas de papel abriéndose y deslizándose, manos que se tocaban constantemente, gente que se detenía, que se abrazaba sin prisa.

Recuerdo el calor de una multitud que no empujaba del todo, pero que te obligaba a moverte con ella. Recuerdo haber sentido que todo estaba un poco más definido, como si ese día tuviera una forma clara que podías seguir, una forma más clara de querer.

Recuerdo el tacto de una rosa en la mano, el tallo ligeramente húmedo, las espinas pequeñas que me obligaban a sujetar con mi pulgar e índice desde un punto concreto. 

Recuerdo pasar los dedos por el lomo de varios libros, como si ahí también hubiera algo que sentir, pero sin pararme ni siquiera a leerlos.

Parecía haber una plantilla base desde la que poder mostrar ese afecto, ese momento romántico, de forma casi automática y apersonal, pero al mismo tiempo íntima y excesivamente personal. Durante unas horas, Barcelona parecía organizada alrededor de una idea muy concreta, el afecto y la muestra de este.

Pero incluso ese afecto tenía una forma.
Y también un recorrido.

No era un afecto cualquiera. 

Era un afecto que pasaba por elegir un libro, sostener una rosa, moverse de un puesto a otro. Un afecto que necesitaba materializarse en algo que se pudiera tocar, oler, mostrar, y no desde una personalización, sino desde un ritual, un plan base, un embudo ya construido fuera de ese afecto y pareja concreta.

Sant Jordi funciona muy bien dentro de esa lógica, no solo celebra el afecto y la cultura, sino que los organiza, los dispone en el espacio y los convierte en una práctica colectiva donde cada gesto como comprar, regalar, pasear, es predefinido y apersonal, pero al mismo tiempo sintiéndose muy íntimo y personal cuando eres participe.

Volví entonces al presente donde seguíamos caminando sin rumbo, sin decidir qué hacer.

Pero algo había cambiado, por primera vez, esa indecisión dejó de parecerme un problema.

Poniendo atención al aire recorriendo mi cara, el ritmo de mi respiración, la de él, su rostro de perfil con la mirada fija hacia la dirección del camino y sus brazos dejándose caer al ritmo de sus pasos.

Quizá lo que incomodaba no era la falta de plan, sino la falta de intermediarios, parecía no haber nada entre nosotros y el tiempo que estábamos compartiendo, como si eso fuese necesario, como si necesitáramos que un objeto justificara el momento, un recorrido que lo organizara, como si quedase corto estar ahí.

En una ciudad que constantemente empuja a convertir el tiempo en algo productivo, compartirlo sin transformarlo en nada más empieza a parecer una anomalía.

O algo peor, una pérdida de tiempo.

Pero tal vez ahí, precisamente ahí, se abre una posibilidad, porque si el sistema necesita que el afecto se materialice, se compre y se muestre. No hacerlo, no comprar, no producir, no demostrar, puede ser también una forma inconsciente e incómoda de estar posicionándose.

Mientras seguíamos caminando, empecé a sentir que esa “pérdida” tenía algo de resistencia, aunque fuera mínima, algo que no terminaba de encajar con lo que se esperaba, o nosotros mismos esperaríamos del paseo por Barcelona. 

Quizá ese rato, esa nada, ese afecto deambulante, sea una forma de interrumpir, aunque sea por un momento, la lógica que nos enseña constantemente a cómo querer. Y de alguna forma acercarnos más a ese afecto lejos de la intelectualización constante de cosas tan abstractas como quererse y demostrarlo.

Deixa un comentari