El rojo no existe

Laura Millán

El 23 de abril Barcelona se tiñe de rojo. Pero para más de trescientas mil personas, ese rojo no existe. 

Dice la leyenda que de la sangre del dragón nació un rosal del que San Jordi cogió una de las flores para entregársela a la princesa. Todos los elementos: la lanza, el dragón, la sangre, las rosas, Sant Jordi, la princesa y los libros se unifican en un solo símbolo, el color rojo.

Ese rojo, se convierte así en un símbolo fundamental en la fiesta de Sant Jordi: rojo de la rosa, rojo de la senyera, rojo de la sangre de dragón. De la misma manera que existe el rojo Coca-Cola, el rojo del labio rojo, del comunismo de Marx o del burladero de las plazas de toros.  El rojo que activa el cuerpo, que simboliza tanto el amor como la ira y que se presenta como una afirmación rotunda e incuestionable, como si fuese una evidencia compartida. Pero lo cierto es que la luz rebota en el mundo, entra en el ojo y despierta a los conos que traducen esta información en: rojo, verde y azul. El cerebro mezcla esas señales y convierte la luz en colores que sentimos como si fuera una realidad. Una realidad particular y diversa. 

Para millones de personas, especialmente para aquellos que sufren daltonismo (aproximadamente un 8 % de los hombres y un 0,5 % de las mujeres) esos colores, ese rojo no se percibe de la misma manera. Asumimos el color como un lenguaje universal que cada individuo interpreta de diferente manera según su contexto social, cultural e individual, pero ¿qué pasa si no hay consenso sobre lo más básico, sobre lo que estamos viendo? ¿cómo llegar a un acuerdo si tu rojo no es igual al mío? ¿si digo “rojo” pensaremos en el mismo “rojo”? ¿Es tan relevante el color para su significado? 

Recuerdo aquel fenómeno viral de 2015, una imagen que se repitió en redes sociales y en teléfonos móviles de un vestido plisado: algunos lo veían de color azul y negro; otros, blanco y dorado. Aquella foto abrió un debate no tanto sobre el vestido en sí sino en cómo cada uno procesaba esa diferencia cromática. Los que ponían en relevancia la sobreexposición, veían el vestido en tonos dorados; los que pensaban en el vestido como una imagen en la sombra, lo percibían azul y negro. El vestido no cambiaba, la realidad tampoco lo hacía y, aun así, cada uno veía algo distinto.

Así, el mismo rojo de la rosa, de la sangre, de San Jordi es percibido por personas daltónicas como un color más parecidoal marrón que al rojo que vemos los demás. Sea marronáceo o más rojizo, el significado será el mismo: seguirá siendo fuerza y pasión de la misma manera que la rosa seguirá siendo un gesto de amor y la tradición seguirá intacta. El color no lo determina todo. El significado no depende, por tanto, de la percepción visual pues existe un pacto cultural que hace que el símbolo funcione incluso cuando la experiencia visual es distinta. No percibimos de la misma manera, pero la carga simbólica se mantiene.

A pesar de que la experiencia de Sant Jordi esté marcada por el color rojo, existen otro tipo de mecanismos que activan el consenso social: el olor de las rosas, el tacto de los libros, el ruido constante de la gente en la calle, los puestos de libros por la calle. A pesar de que el color pierda protagonismo, la vivencia permanece. Es la fiesta más allá del color. 

De la misma manera que un mismo evento puede ser recordado de manera diferente por personas diferentes, la realidad siempre será una realidad filtrada por nuestras experiencias, nuestros recuerdos, nuestro bagaje o nuestros temores y deseos. El rojo no significa lo mismo en todas partes del mundo. Mientras que en occidente se puede asociar a pasión, lujuria o, todo lo contrario, alerta o peligro, en China el rojo significa suerte y prosperidad, en India el rojo está relacionado con los rituales festivos y de celebración y en Sudáfrica el rojo es el color del luto. El rojo, además, ha ido adquiriendo nuevos significados a lo largo de su historia, no es casualidad que la Navidad sea roja y verde y que los fenómenos ligados a las compras y al mercado, como las rebajas, sean también rojas. Es el color que más activa la atención, el más ligado al impulso, a la excitación a provocar una reacción directa. 

Sant Jordi es y seguirá siendo una experiencia colectiva, pero no necesariamente idéntica. Compartimos la tradición, los gestos y los significados, pero no exactamente la misma imagen. Y quizá ahí hay algo interesante: aquello que creemos más evidente y que damos por supuesto, el color, es también lo más relativo. Llamamos “rojo” a algo que no todos vemos igual porque el lenguaje a veces funciona para poner nombre a lo que nos pasa de forma interna y particular y, otras, para establecer un consenso colectivo sobre elementos compartidos. Es posible que al decir “coche” no imaginemos el mismo tipo de coche de la misma manera que si escribo la palabra “dolor”, usted, lector, no piense el mismo dolor que el mío, aunque tengamos consenso sobre el malestar y el sufrimiento.  El rojo, este rojo de San Jordi, no es una certeza, una evidencia o un tótem. Es un pacto. Es un acuerdo que dice: este rojo es la rosa, la sangre, la princesa, el dragón y los libros.

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