CARLOTTA M. VALENTINIS
—Tengo que comprarle algo – le dije a Elena – no sé qué, pero tengo que comprarle algo.
—Pero ¿qué quieres regalarle? —me preguntó ella, esquivando a una pareja que se detenía en seco delante de un estante —. ¿Un libro que te guste a ti o uno que creas que le gustaría a él?
No supe qué responder.
Esa tarde nos escapamos de la universidad para ir a visitar las paradas de Sant Jordi de Barcelona. Empezamos desde la parada de metro de Liceu y, de estante en estante, quisimos subir hasta plaza Cataluña.
—Es la primera vez que regalo un libro y no sé ni por dónde empezar… ¿Tú tienes alguna idea, Elen?
Elena sonrió.
—Empieza por no agobiarte —dijo—. Es solo un libro.
Solo un libro, pensé.
El trayecto que normalmente hacíamos en unos diez minutos, ese día parecía interminable, pues parecía estar caminando entre los turistas que se amontonan cada día ante la Fontana di Trevi de Roma. Había estado hacía unos años y, de golpe, me vi sumergida en ese mismo escenario. De todos modos, y sin ir tan lejos, la mayoría de los días la Rambla no se aleja tanto de ese escenario dantesco de turistas luchando a codazos y largos palos selfi para ver quién toma la foto más romántica, os aseguro que ninguno.
—¿Te imaginas venir aquí sin saber qué se celebra hoy? —dije.
—Pensarían que es algún tipo de procesión —respondió Elena—. O una rebaja masiva de a saber qué.
Me reí.
Había leído las palabras de Gerard Guerrero en La Vanguardia poco antes de la gran fecha: “Las obras en la Rambla no van a impedir que la avenida barcelonesa disfrute de Sant Jordi. Los trabajos se detendrán el día 22 y hasta el 24, y se abrirán pasarelas para favorecer la circulación. De esta forma, el gran eje literario arrancará en el mar, en el paseo de Colom, seguirá por la Rambla hasta la superilla literària de paseo de Gràcia y terminará en Gran de Gràcia, conformando un recorrido de tres kilómetros casi ininterrumpidos de libros y rosas.”
Casi ininterrumpidos, recordé.
Totalmente interrumpidos, sonreí.
—Tengo que comprarle algo, Elen —protesté—, tengo que comprarle algo.
—Pues entonces deja de mirar tanto y elige algo —me dijo—. Cuanto más pienses, peor.
No hice ningún caso al consejo de Elena. Es mi amiga y solo quería que me calmara, pero ¿cómo iba a no pensar en cuál iba a ser el primer libro que regalaba de toda mi vida? ¿Cuál era el libro perfecto para él? ¿Y si no lo encontraba? ¿Qué pasaría si no lo encontraba? ¿Qué pensaría? ¿Y si…?
Un codazo en el hombro me sacó de mis pensamientos—¡Disculpa! — dijo alguien.
Puse mala cara y me fui de ese estante.
Yo estaba acostumbrada a caminar entre kilómetros casi ininterrumpidos de plantas y flores, entre flores de verdad. Vivo en un pueblo donde las calles no se llenan de gente, sino de silencio. Donde los caminos se abren entre pequeños montes donde uno goza de perderse sin miedo, y donde, si te adentras un poco, puedes dejar de ver las casas y empezar a ver solo árboles.
Allí, caminar no implica esquivar cuerpos, sino seguir senderos. No hay codazos, sino ramas que rozan los brazos con una suavidad casi involuntaria. A veces, incluso, parece que el paisaje te toque para recordarte que estás ahí.
El aire se mueve distinto, no empuja, no pesa. Es una brisa ligera que te atraviesa sin pedir permiso, que se cuela entre la ropa, que huele a tierra húmeda y a algo que no sabría nombrar, pero que reconozco como propio.
Y siempre hay un sonido de fondo, nunca es silencio absoluto. Es el viento entre las hojas, algún pájaro que no ves, pero escuchas, los jilgueros que cantan a mediados de abril como si no tuvieran otra tarea que sostener el tiempo.
Aquí, en cambio, el sonido es otro. Motores, pasos acelerados, conversaciones superpuestas, gritos que no van dirigidos a nadie en concreto. Un ruido constante que no desaparece, que no deja espacio para pensar, solo para avanzar.
—No entiendo cómo quieres mudarte aquí —dije casi en voz baja esperando que no me escuchara.
—¿Aquí? —preguntó Elena mientras mirada el lomo de un libro.
—Sí, aquí… entre tanta gente.
Ella se encogió de hombros.
—Supongo que me acostumbraré. —sonrió y volvió a dejar en su sitio el libro.
Seguimos con nuestra misión. Mi misión. Elena es muy buena y quiso acompañarme procurando que no fallara en mi misión.
Nos detuvimos frente a otra parada. Libros apilados con una precisión casi quirúrgica, portadas brillantes, nombres en letras grandes…
—Este le podría gustar —dijo Elena, señalando uno.
Lo cogí, lo miré, lo volví a dejar.
No me convencía.
—No sé qué busco —admití.
—Quizá no buscas un libro —respondió ella—.
La miré.
—¿Entonces qué?
—Una forma de demostrar algo.
—Tengo que comprarle algo —dije para dentro.
—Tengo que comprarle algo —repetí, esta vez más alto.
Y fue este “tengo que comprarle algo” el que me hizo pensar en todo lo que hay detrás de ese verbo: tener. Tener que. Tener que hacer. Tener que demostrar.
Recordé haber leído —en la universidad — a Byung-Chul Han hablar de la sociedad del cansancio, de cómo hemos pasado de una sociedad del deber a una sociedad del rendimiento. Ya no se nos obliga desde fuera, sino que nos autoimponemos constantemente. Nos explotamos a nosotros mismos creyendo que somos libres.
Y ahí estaba yo, caminando entre libros y rosas, repitiéndome que tenía que comprar algo. Nadie me lo había dicho. Nadie me obligaba. Y, sin embargo, la presión era real.
Quizá más fuerte precisamente por eso.
Pensé en la idea de que la autenticidad se ha convertido en una exigencia más. No basta con hacer algo, hay que hacerlo desde uno mismo, ser coherente, ser único, ser especial. Y entonces regalar un libro ya no es solo regalar un libro, es decir algo de ti. Es acertar. Es demostrar que conoces al otro. Es no fallar.
—¿Y si no le gusta? —pregunté.
—¿Y si sí? —respondió Elena.
La miré, casi molesta.
—No es tan simple.
—Quizá sí lo es —dijo ella—. Tal vez nos complicamos demasiado.
Seguimos caminando.
La gente llevaba rosas en las manos como si fueran pruebas visibles de algo. Algunas ya empezaban a inclinarse ligeramente, como si el día les pesara.
—No puedo más. Vayámonos de aquí, Elen —protesté.
—¿Nos vamos ya?
—No, Elen —dije ya medio decaída—. Es Sant Jordi, ¡tengo que comprarle algo!
Cambiamos el rumbo de nuestra misión. Elena propuso fijar nuestro objetivo en alguna librería cercana, tal vez ahí sería más fácil encontrar algo sin tanto caos.
Entramos en La Central del Raval.
El ruido de fuera se amortiguó, aunque —a mi parecer— tampoco tanto. La luz era más tenue, algo cambió. El espacio parecía invitar a moverse más despacio. Miré a mi alrededor, la gente seguía ahí, pero de otra forma. Más callada, más contenida.
—Aquí es distinto —susurré.
—Claro —dijo Elena—. Aquí parece que al menos uno puede acercarse a curiosear.
Empezamos a andar mientras nos adentrábamos cada vez más en La Central y, sin quererlo, Elena y yo nos separamos.
Observé a los libreros. De persona en persona, de un lado a otro. Parecían esquivarme cada vez que me acercaba a alguno.
—Pues nada —me dije a mi misma.
Sentí lástima por los libreros. Eché en falta no poder hablar con ellos para escoger algo tan personal como un libro. Dejar que me aconsejaran en algo tan íntimo que nos acompaña en el momento de acostarnos. El momento de, junto a una luz tenue, leer unas páginas minutos antes de conciliar el sueño.
Un momento igual de íntimo y romántico que el viaje que muchos planean a Roma. Y acaba en todo lo contrario. Pobres turistas, pensé.
Me acerqué a una estantería. Pasé los dedos por los lomos de los libros sin detenerme en ninguno.
Seguí caminando. Por un momento, olvidé que tenía que comprar algo.
Y fue justo entonces cuando me di cuenta.
Quizá el problema no era no saber qué libro elegir.
Quizá el problema era no saber desde dónde elegir.
Desde la prisa, desde la obligación, desde la idea de que hay que demostrar algo… o desde un lugar más silencioso, más parecido a esos caminos de mi pueblo donde nadie espera nada de ti.
—Elen —dije.
—¿Sí?
—¿Y si no le compro nada?
Se giró hacia mí, sorprendida.
—¿Cómo que nada?
—Nada.
Hice una pausa.
—¿Y si en lugar de eso le escribo algo?
Elena sonrió, esta vez sin ironía.
—Entonces sí que será un buen regalo.
Salimos de la librería.
Fuera, la ciudad seguía igual. Libros, rosas, gente. Todo en movimiento.
Pero algo había cambiado.
Ya no tenía tanta prisa.
Ya no estaba tan segura de que tuviera que comprarle algo.
Y mientras caminábamos de vuelta, entre ese ruido constante que ya no me atravesaba de la misma forma, pensé que quizá la dificultad no estaba en encontrar el libro perfecto, sino en aceptar que hay formas de querer que no pasan por el tener que hacer, el tener de consumir… Formas que no se pueden envolver. Formas que, como los senderos escondidos entre los árboles o el olor a tierra mojada, simplemente están.
