Devoción Digital, Teología de la Tecnología

Por: Pau Pueyo

¿Y si lo divino no ha desaparecido en la modernidad, sino que ha migrado —de forma sutil, incluso invisible— hacia los cables, circuitos y códigos? Esta hipótesis invita a replantear la espiritualidad en el contexto de la hipermodernidad, donde los dispositivos cotidianos —teléfonos, servidores, algoritmos— no solo median funciones prácticas, sino también sentidos, creencias y presencias. En una era definida por la saturación digital, los sistemas tecnológicos comienzan a parecerse a las arquitecturas de la experiencia religiosa.

Los espacios sagrados ya no se limitan a las catedrales ni a los textos revelados; ahora se distribuyen a través de redes, se almacenan en centros de datos y se manifiestan en la geometría simbólica de los circuitos electrónicos. La fibra óptica ha reemplazado al vitral como medio de iluminación; la pantalla ha suplantado al altar como punto central de atención y ritual.

La estética de la tecnología contemporánea refleja, e incluso reproduce, el simbolismo religioso tradicional. Las placas de circuito impreso —con sus patrones detallados y conexiones doradas— recuerdan las geometrías sagradas. La necesidad humana de representar y materializar lo trascendente no ha desaparecido: se ha adaptado a nuevos soportes.

Esta transformación fue anticipada en la obra del artista coreano-estadounidense Nam June Paik, pionero del videoarte, cuyas instalaciones desdibujaron los límites entre el ritual religioso y el espectáculo tecnológico. Al convertir televisores en altares, pantallas en vitrales y estatuas de Buda en espectadores de su propia imagen electrónica, Paik propuso una ontología híbrida: una espiritualidad ya mediada por la lógica de los medios de comunicación.

Si las catedrales góticas pueden ser comprendidas como máquinas espirituales —arquitecturas monumentales diseñadas para evocar lo trascendente—, entonces los dispositivos digitales actuales pueden considerarse sus herederos: templos portátiles de conexión y ritual cotidiano. Los gestos repetitivos de deslizar, hacer clic y mirar replican, en su ritmo y estructura, prácticas litúrgicas.

En los entornos digitales, los relatos sagrados no solo se conservan, sino que se reaniman mediante la repetición y la transformación. Crucifixiones pixeladas, tragedias transmitidas en vivo, rituales de duelo digital: estas manifestaciones sugieren que el ritual no ha desaparecido en la sociedad secular, sino que ha asumido nuevas formas mediatizadas.

Tecnologías como los rayos X permiten hoy descubrir estructuras ocultas dentro de esculturas religiosas antiguas. Marcos de madera, ensamblajes metálicos y reliquias escondidas revelan que lo espiritual siempre ha estado entrelazado con lo técnico. La distinción entre lo sagrado y lo estructural se muestra, así, como artificial o, al menos, históricamente inestable.

La necesidad de comprender lo inefable no ha cambiado; lo que ha cambiado es el lenguaje. Los usuarios buscan conocimiento, sentido y consuelo a través de motores de búsqueda y sistemas en la nube, en una práctica que bien puede entenderse como una nueva forma de oración distribuida.

Este fenómeno no debe interpretarse meramente como una metáfora. Más bien, representa un cambio en los paradigmas epistemológicos y teológicos. En un mundo gobernado por flujos de datos y lógica computacional, las estructuras de lo sagrado se reescriben en lenguaje técnico. Los algoritmos actúan como oráculos contemporáneos: toman decisiones que escapan a la comprensión humana, pero afectan profundamente la vida cotidiana. Los servidores en la nube custodian no solo información, sino también memoria, legado e identidad —categorías tradicionalmente atribuidas a lo divino.

La teología y la teoría de los medios deben reconocer que el poder, la presencia y el sentido hoy se inscriben también en la infraestructura tecnológica. No se trata solo de arte o diseño, sino de una teología expresada en código, ingeniería y arquitectura de red.

En esta red de cables, pantallas y señales intermitentes, quizás no hemos perdido a nuestros dioses: simplemente les hemos construido nuevos templos. El altar ya no brilla con luz de vela, sino con LED. La liturgia no se canta, se desplaza. Y nosotros, los nuevos fieles digitales, hacemos clic en “Aceptar”.

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