Por Amelia Ávila, Lola Tuñí y Clara Gernaert.
Crónica de tres mentes creativas que aún sobreviven —contra todo pronóstico.
13:45 – Antes del apocalipsis
Es un martes de mayo, uno de esos días que parecen normales pero que, en el último año de
carrera, se convierten en una carrera contrarreloj. Nuestra clase comienza a las 15:00, y aun-
que sabemos que llegaremos tarde, hoy hemos logrado un pequeño milagro: despertarnos
antes del mediodía. Esto nos da un margen mínimo para parecer personas funcionales antes
de pisar la universidad.
El desayuno no es una opción. Si comemos ahora, no tendremos hambre para el almuerzo, así
que rescatamos un tupper de macarrones recalentados que lleva días olvidado en la nevera.
El sabor es tan insípido como nuestra motivación, pero cumple su función. Nos duchamos a
toda prisa, rebuscamos en la pila de ropa acumulada en la silla (nuestro armario oficial) y nos
ponemos lo primero que no huela a derrota. Las ojeras, dignas de un cuadro expresionista,
son disimuladas con maquillaje low-cost que hace milagros.
Antes de salir, intentamos revisar el moodboard que debíamos presentar hoy. Spoiler: no está
terminado. De hecho, apenas existe. La crisis creativa nos golpea como un tren, pero no hay
tiempo para lamentaciones. Recogemos nuestras cosas y salimos corriendo, con el portátil a
medio cargar y la esperanza de que el día no se tuerza más.
14:50 – Cotilleo, caos y un piti resucitador
Llegamos a la universidad justas de tiempo, pero nuestras prioridades son claras: antes de
buscar el aula, necesitamos nuestro ritual sagrado: salir a fumar. Nos reunimos en un rincón
del campus, compartiendo un piti y hablamos de la vida. Aunque nos vemos a diario, siempre
hay un drama nuevo que analizar, desde ligues hasta profesores excéntricos.
De pronto, cunde el pánico: los pósters que debíamos traer hoy. ¿Dónde están? En ninguna
parte, nos olvidamos. En lugar de derrumbarnos, nos reímos, una defensa natural contra el
estrés. El sol brilla, el aire huele a primavera, y eso nos da una chispa de optimismo inmere-
cido.
A nuestro alrededor, la universidad parece un escenario caótico: estudiantes agotados van de
un lado a otro. Algunos cargan maquetas enormes que desafían toda lógica, y otros arrastran
carpetas A2 como si les pesara el doble. Vemos a un compañero mirando al vacío mientras
pasa las diapositivas de una presentación en su portátil, claramente posponiendo el momen-
to de entrar a clase. Nosotras, mientras tanto, intentamos mantener la calma por fuera, aun-
que por dentro estamos al borde del colapso.15:00 – Clase: el arte de fingir que todo va bien
Entramos al aula con la confianza de quien ha dormido ocho horas y desayunado un smoothie
de kale (nada más lejos de la realidad). El profesor ya está inmerso en una disertación sobre
un diseñador noruego que, al parecer, creó sillas invisibles en los años 60. Nosotras solo pen-
samos en el café que no tuvimos tiempo de tomar y en las sillas reales del aula, diseñadas
para torturar espaldas jóvenes.
Abrimos nuestros portátiles, que rugen como aviones a punto de despegar. InDesign se con-
vierte en nuestro campo de batalla, pero el wifi decide abandonarnos, y el programa se blo-
quea. Cuando el profesor se acerca, desplegamos nuestras habilidades de supervivencia: le
mostramos una captura de pantalla de un proyecto a medio hacer, fingiendo que es un “con-
cepto en desarrollo”. Asiente con una mezcla de resignación y esperanza, y nosotras respira-
mos aliviadas, aunque estamos más pérdidas que un turista sin mapa en el Raval.
16:30 – Pausa técnica y hambre
El hambre nos ataca, pero no hay bar en la universidad, así que pensamos en la cafetería de
al lado, aunque sus precios son dignos de un restaurante Michelin. Resignadas, encendemos
otro cigarrillo y nos sentamos en la terraza de la universidad, camufladas entre la fauna ur-
bana de Barcelona.
Aprovechamos para mandar mensajes a compañeras de otras clases, intercambiando frases
como “¿Me dejas un piti?” o “¿Sabéis qué me pasó ayer?”. Las conversaciones saltan de anéc-
dotas triviales a confesiones existenciales, mientras el sol de mayo nos acaricia y nos hace
olvidar, por un momento, el caos de la carrera.
17:00 – Crítica grupal: el juicio final
Volvemos al aula oliendo a tabaco y a sueños rotos. Es hora de la crítica grupal, y nuestros
avances son, digamos, inexistentes. Pero no nos rendimos. Mostramos un mockup improvi-
sado y soltamos una explicación vaga sobre “explorar una estética intuitiva y emocional”. El
profesor nos observa, suspira y pasa a la siguiente víctima. No sabemos si nos creyó o si sim-
plemente ha perdido la fe en nosotras.
La siguiente en presentar es la compañera perfecta: su proyecto tiene una paleta de colores
impecable, tipografías suizas y renders que parecen sacados de una galería. La admiramos,
pero no podemos evitar un pinchazo de envidia sana. ¿Cómo lo hace? ¿Acaso no tiene vida
fuera de la universidad? Tras 40 minutos de feedback del estilo “interesante, pero necesita
más desarrollo”, salimos del aula emocionalmente agotadas, como si hubiéramos corrido una
maratón sin entrenar.
18:30 – La caída libre
Decidimos quedarnos a trabajar en la universidad, un plan que suena ambicioso pero que se
desmorona en minutos. No hay enchufes libres, el wifi es un espejismo, y nuestras mentes
están en cualquier parte menos en el diseño. Una de nosotras abre Photoshop y se pierde se-
leccionando la banda sonora perfecta para “trabajar”; otra se sumerge en Pinterest, soñando
con redecorar su piso; la tercera se queda mirando el techo, atrapada en una espiral de pen-samientos y el sentido de la vida.
Una compañera nos ofreció una gominola, y la aceptamos como si fuera un lingote de oro.
Juramos que esta noche nos acostaremos temprano. Es mentira, pero la intención cuenta.
20:00 – La retirada (y una cerveza salvadora)
Agotadas, decidimos rendirnos y volver a casa. No ha sido un día productivo, pero hemos
sobrevivido, y eso ya es una victoria. Nuestras piernas duelen, nuestras ideas están blo-
queadas, y nuestras espaldas claman por una silla decente. Sin embargo, al salir, el cielo de
mayo nos recibe con una luz dorada que invita a quedarnos un poco más.
En lugar de despedirnos, encontramos una terraza barata y pedimos unas cervezas. El cam-
bio de ambiente obra milagros y, por un momento, olvidamos las entregas, los pósters
inexistentes y las sillas invisibles. Entre sorbos, nos damos cuenta de que, por suerte o por
desgracia, en un mes nos graduamos. Dejaremos atrás esta vida de tuppers insípidos, no-
ches en vela y crisis creativas para enfrentarnos al mundo profesional, un terreno descono-
cido que nos da tanto miedo como ilusión. Somos tres estudiantes al borde del abismo, pero
estamos juntas, y eso hace que todo valga la pena.
