Por Joana Garcia, Oscar Morales y Paloma Labay
Tres personas viajan por la línea R1, desde Barcelona hasta Pineda, compartiendo una misma pregunta: ¿cómo condiciona nuestra vida el lugar donde vivimos? Una crónica sobre vivienda y desigualdad territorial.
La línea R1 de Rodalies conecta L’Hospitalet con Maçanet. A lo largo de sus más de 100 kilómetros de recorrido, une realidades muy distintas entre sí: barrios céntricos, periferias industriales, pueblos costeros. Lo que para algunos es un paisaje, para otros es rutina.
Joana, Óscar y Paloma se mueven a lo largo de esta línea. Viven en lugares diferentes, con historias distintas, pero comparten un mismo trayecto. La R1 no solo los conecta físicamente, también pone sobre la mesa una pregunta común: ¿Cómo influye el lugar donde vivimos en nuestras vidas?
Inicio del trayecto : Barcelona-Sants
Joana sube al tren en Sants. Tiene 23 años y vive entre el Eixample Esquerra y Sants, en un piso de alquiler compartido con su hermano. Cada semana hace la maleta para volver a Malgrat, su pueblo. El tren es su conector con casa, pero también su límite con una ciudad que cada vez le parece más provisional.
“El bloque de pisos donde vivo temporalmente en Barcelona está situado en el extremo de dos barrios. (…) La escalera, al fondo del edificio, separa los rellanos con puertas como si fueran unidades aisladas. Esto, sumado a la rotación constante de vecinos, hace que la sensación de comunidad sea prácticamente inexistente.”
Mientras mira por la ventana, Joana habla de un edificio que no invita a quedarse, donde los vecinos cambian más rápido que las estaciones. Dice que Barcelona le da oportunidades, pero que vivir en ella es una carrera de fondo.
Joana también habla de la desconfianza que genera saber que, probablemente, si hoy tuviera que firmar un contrato nuevo, no podría pagar el mismo alquiler. Comenta que el edificio donde vive se ha ido llenando de extranjeros que están de paso, que trabajan en tecnológicas y pagan precios que para ella serían imposibles.
Próxima parada: Sant Adrià de Besòs
A la altura del río Besòs, sube Óscar. Tiene 28 años y vive con sus padres en Sant Adrià. Un barrio que ha visto transformarse, pero no siempre a mejor.
“Cuando llegamos a Sant Adrià, el barrio era un buen lugar para crecer. Hoy, ese mismo sitio es un vertedero. Donde antes había vida, ahora hay basura, jeringuillas y ruido.”
Óscar cuenta que durante años nadie prestó atención a lo que pasaba en su barrio. “Éramos periferia. Lo que pasaba aquí quedaba al margen.” Hasta que llegaron los festivales, los turistas y los pisos turísticos. “Pasamos de ser ignorados a ser rentables. Y ahora, lo que fue abandono se ha convertido en negocio.”- dice con una mezcla de nostalgia, rabia y resignación. Recuerda los días de infancia en los que jugaba en el parque y los compara con la sensación actual de vivir en un territorio que se sobrevive. Habla de los nuevos intereses que aterrizan en Sant Adrià: universidades, empresas, eventos culturales. Todo crece, menos las condiciones de vida de los vecinos.
“A veces me pregunto si todo esto ha pasado de verdad. Si el parque donde aprendí a ir en bici es el mismo que ahora esquivo. Como dice Leslie Kern en La ciudad feminista: una ciudad no es neutral. Decide quién se siente cómodo, quién se siente seguro, y quién no tiene lugar.”
Final de trayecto: Pineda de Mar
A la altura de Calella, Paloma sube al tren. Lleva una mochila y ganas de llegar a casa. Tiene 28 años y vive con su pareja y su perro, Inca, en Pineda de Mar. Todos los días coge el tren para ir a Barcelona, lo que le ocupa 15h semanales de trayecto en caso de no haber incidencias. Cosa que en el estado actual de Renfe, es bastante complicado. Y aunque la vida parezca más tranquila, no significa que sea más sencilla.
“En Junio acabaré de estudiar y dejaré de viajar, pero prefiero buscar un trabajo por la zona que tener que seguir viajando cada día. Aunque no sea de lo que he estudiado..”
Paloma describe su edificio con detalle: la puerta verde, las discusiones vecinales sobre si dejarla abierta o cerrada, las plantas del pasillo, la plaza interior que nadie aprovecha. Habla de sus vecinos, de sus rutinas, del cartero y los repartidores de Amazon. El día a día se convierte en el escenario donde se negocia la convivencia, muchas veces en silencio.
Dice que su barrio tiene alma de pueblo, pero que no deja de notar una tensión creciente. “Los precios también suben aquí. Todavía no como en Barcelona, pero se nota. A veces me gustaría que hubieran mas espacios artísticos y culturales, para no tener que depender tanto de la ciudad.”
Tres vidas distintas, tres lugares distintos, una misma pregunta: ¿Cómo influye el lugar donde vivimos en nuestras vidas? ¿y qué cosas decidimos dejar?
El trayecto que comparten no es solo físico. Es también un reflejo de las nuevas geografías urbanas, donde el acceso a la vivienda ya no depende sólo del esfuerzo o la decisión personal, sino de una red compleja de mercado, políticas y desigualdades. Y donde el monopolio cultural se concentra en Barcelona, haciendo que los pueblos cada vez se aíslen y tengan menos que ofrecer.
Mientras el tren se acerca a Maçanet, cada uno de ellos baja en su estación. Pero la sensación es común: vivir donde uno quiere ya no es lo normal, es lo excepcional. La vivienda, que debería ser un derecho, se ha convertido en una variable que determina casi todo.
