Una cola para hacer una fotocopia

Ana I. García

Si alguna vez vais por Barcelona y tenéis que hacer una fotocopia, hay una copistería, en el Raval, que se diferencia de las demás, ya que si tienes la tarde libre puedes acercarte y pasar el rato en la cola para hacer una fotocopia. 
La gran particularidad de esta copistería, son las emociones que se generan durante el momento de la cola y los intercambios de resentimientos.

Por otra parte se crean vínculos de unión en el grupo de cola, que no es de extrañar cuando el tiempo pasa muy despacio y ya has visto todos los objetos de las estanterías. Esta experiencia la comprobé cuando imprimí mi primer trabajo en 2019 y durante los próximos cuatro años de idas y venidas para imprimir o hacer fotocopias. En alguna ocasión salí a buscar otras copisterías, y perderme por la ciudad, para finalmente volver al mismo lugar, porque claro, no todo sale como uno se lo esperaría, y ya sabía que me encontraría otra vez con la misma inmensa cola para hacer una fotocopia.

Tengo muchos recuerdos de estar allí postrada en la cola, y ver como el buen humor se transformaba en algunas personas que encontraba, muchas de ellas compañeras de clase que llevaban mucha prisa en la época de entregas.
Era una costumbre, comentar esta copistería en primero de carrera ya que tenía una reputación muy bien ganada, pero a medida que pasaban los años recuerdo comentarios cada vez más pesimistas.
Un buen día en la copistería, se podía convertir en un día nefasto detrás de aquellas quejas o rencores, aun así no me importaba estar un rato allí porque al final recogía una dulce recompensa. Tras pasar todos aquellos instantes, resulta divertido recordar mi carácter volátil, después de pasar casi una hora esperando para la llegada de mi turno.

En muchas ocasiones podría haber permanecido allí durante horas, dejando vagar mis pensamientos, sin embargo me entretuve haciendo conjeturas de cuanto tardaría las personas que estaban delante de mí, así gradualmente, hasta llegar mi turno.

Las empleadas raramente se molestaban en decir palabra de entusiasmo en su trabajo, se caracterizaba por su gran parsimonia y plácida tranquilidad, solamente en algunas ocasiones aparecía alguien con un ligero aire fresco, para dar soporte en los días con más trabajo.

Tras compartir tantos instantes de odio en aquella copistería, debía haberme vuelto algo incandescente, me preguntaba a mi misma, porque me había acostumbrado a aquel murmullo de la gente que corría detrás de mí, antes de atenderme.
Después de 3 años al parecer no habían cambiado las expectativas, ni siquiera antes había buscado la mejor manera de llegar y no tener que esperar tantos ratos inmóviles. Había salido muchas veces decepcionada pero después de todo apenas fue necesario caer en la desesperación, aun no siendo dueña de mi tiempo.

Todo deseo de protestar se fue desvaneciendo, en cierto modo, estas horas se habían convertido en un descanso, para entender el no hacer nada, haciendo algo distinto esperando en una cola de una copistería y afortunadamente mis pensamientos tomaron otro rumbo. Fue muy peculiar esta combinación de las charlas sencillas en las esperas, pero a la vez de rabia e indignación y sintiendo el mutismo como punto de semejanza.

Algunas veces prestaba atención cada vez que pasaba por aquella copistería, como si se tratara de un espectáculo, ya que el hecho de hacer cola puede acercarnos a personas que hacen de figurante en una obra de teatro, esperando su turno para actuar. ¿Qué hacía tan fascinante estar allí? me pregunté a mi misma, el imaginar que todas aquellas personas se encontraban en un flujo de impaciencias y paciencias, como si se tratara de una línea de espera, en la que no colgamos, y podemos interrumpir nuestro no hacer para hacer algo, desde leer un libro o anotar en nuestra agenda las tareas.

Tras otro hermoso día, en la copistería y con dos personas delante de mi turno en la cola, conocí a una mujer que estaba preocupada, pero no por hacer cola, sino más bien por su vida. En ese momento surgió una conversación sin necesidad de confianza en la que me explicó su frustración ya que su hijo mayor padecía un autismo singular que le llevaba a estar casi las 24 horas del día con él, por la falta de ayudas.

Su aspecto mostraba cansancio, sin embargo sus palabras intuían una mujer fuerte y con gran coraje, y una mirada agradable. Allí escuché con toda atención el valor de su discurso, que sin duda era admirable aquella situación de esfuerzo y por su razonamiento había notado un recorrido con toda clase de dificultades y tropiezos en su vida cotidiana.

Finalmente llegó nuestro turno, y sin darme cuenta había pasado un rato agradable, después de aquella relación casual.
A medida que pasaban los días, me cuestioné porque dentro de mi propia impresión, está copistería me había levantado tanto interés, sin embargo también me pregunto qué hubiera pasado si la cola la hubiera hecho en la escuela Massana.

 

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