Es 7 de octubre de 2023. Mi madre se despierta como cualquier otra mañana y enciende la televisión. En Antena 3 Susanna Griso habla de un drama lejano, mi madre cambia de canal porque “no está para ver cosas tristes”, sin embargo, ha oído algo que le ha llamado la atención. En la televisión han pronunciado una palabra que hace saltar las alarmas a todas las ciudadanas, “ataque terrorista”, vuelve a poner la tele. Los terroristas de Hamás en su ataque acabaron con la vida de 1400 personas. La reacción del estado de Israel es emprender una “supuesta caza” del grupo terrorista Hamás, que pronto se convierte en un genocidio indiscriminado del pueblo palestino en la franja de Gaza.
Hasta el tres de noviembre de 2023 la cifra de muertos israelíes en el atentado de Hamás se mantiene estable. 28 días después del atentado, TVE en un intento desesperado por la equidistancia y faltos de noticias, añade a la suma la muerte de un hámster. La cadena emite un reportaje sobre las víctimas del ataque, en él, aparecen algunas de las afectadas por el bombardeo, en el resort al que los han trasladado. En este lugar se les brinda terapia psicológica. El terapeuta comenta: “esa niña de ahí tenía un hámster que murió por una bomba”. La niña es rubia de piel clara. Para cuando se emitió ese reportaje, más de 9000 ciudadanas palestinas habían sido asesinadas, entre las cuales se contaban más de 3000 niñas, la mayoría no eran rubias ni tenían la piel clara. Hasta ahora, a nadie se le ha ocurrido contar el número de hámsteres palestinos muertos.
¿Cuánto vale la vida de una niña? ¿Y la vida de un hámster? ¿Cuánto vale la vida de un ratón?
¿Y la del ratón más famoso del mundo? Lo más seguro es, que las niñas palestinas asustadas no encuentren consuelo; pero si lo hacen, seguramente sea en sus peluches y sus juguetes. Cuántas niñas estarán abrazando un Mickey Mouse (o a uno de sus amigos de la compañía Disney) ahora mismo en Gaza, en los hospitales de la franja, en sus casas. Cuántas niñas habrán muerto abrazando uno de estos peluches, cuántas abrazarán estos peluches bajo los escombros. La compañía multimillonaria Disney donó 2 millones de dólares para ayuda humanitaria a Israel, precisamente al otro lado de la frontera. Es por este motivo que algunas voces se levantan en contra de esta empresa pidiendo que se boicotee. También se alzan voces en contra de Starbucks, Nestlé, McDonalds entre otras empresas y productos, por su apoyo directo o indirecto a la economía Israelí y a la industria de las armas.
Ustedes conocen la historia, el pueblo palestino no puede votar para cambiar de gobierno, no puede volver a su tierra, no puede escapar de su asentamiento, solo pueden esperar que acabe el “castigo”, están a expensas de una intervención externa. El 28 de octubre la ONU aprobó la propuesta de Jordania, para un alto al fuego en la franja de Gaza. Fueron 120 votos a favor, 14 votos en contra y 45 abstenciones. Sin embargo, el embajador Israelí dijo que a la ONU no le queda ni una pizca de legitimidad o relevancia, antes de aclarar que continuarían con el genocidio masivo en Gaza. El texto aprobado condenaba también los ataques terroristas de Hamás, así como todos los actos de violencia indiscriminados.
Otra votación relevante es la encuesta realizada por Data for Progress y publicada por Stephen Semler. En ella se pregunta a las votantes al congreso de Israel si apoyarían el alto a las armas. El 80% de los votantes del partido demócrata y el 56% de los votantes del partido republicano apoyan acabar con el asedio. Sin embargo, en el congreso solo el 8% de los demócratas y ningún republicano (un total del 4% de los diputados) apoyan ese cese.
El 10 de noviembre, el ministerio de sanidad de la franja anuncia que la cifra asciende a 11.000 personas asesinadas en Gaza por los bombardeos israelíes, 4.506 niños. Los heridos ascienden a 27.490. Ese mismo día, la fuente anunciaba que Israel había cometido 12 grandes masacres en las últimas horas, asesinando a 260 personas y dejando 2.700 desaparecidos, entre ellos 1500 niños sepultados bajo los escombros.
Volvemos al comedor de mi casa, mientras cenamos los sumarios de las noticias marcan el ritmo al que hay que digerir las cifras y las muertes. Entre una noticia sobre Puigdemont y otra sobre las manifestaciones en Ferraz los noticieros muestran cuerpos sin identidad, como ruinas de lo que fueron, como daños colaterales, cuerpos sin historia. En este relato que escribo aparecen, 12400 muertos a los que ofrecer respeto y por los que rendir luto. En 30 segundos de telediario, vuelven a aparecer. Cuerpos que son ahora un puñado de letras en un papel, de fotogramas en nuestras pantallas, flashes en nuestras retinas, fantasmas en nuestro recuerdo y un peso en el saco en el que se ha convertido nuestra desmemoria. Las costuras de ese saco, donde guardamos todo lo que parecemos desechar, lo que creemos olvidar, se están resquebrajando. No coge nada más en la nada, en la inopia, y puede que esta colapse, trayéndonos de vuelta lo que creímos desaparecido. Como vuelven las llaves que habías perdido. Como vuelven a las costas, las cuerpas perdidas en el mar. Como volverá, algún día, el pueblo Palestino a sus hogares.
