— Descríbeme tu habitación. Háblame sobre su entorno, cómo están colocados los objetos, qué muebles ocupan el espacio, cuántas ventanas hay…— Estas fueron las primeras palabras que me dijo aquella mujer después de decirle que todo estaba bien, que yo no tenía ningún problema y que no me hacía falta ir a un psicólogo.
Era la primera vez que iba a una consulta. La verdad es que me imaginaba un entorno frívolo, de paredes blancas sin decoración y con pocos muebles; solo una mesa con dos sillas en cada extremo para separar al paciente del psicólogo y un par de estanterías con libros de autoayuda. No obstante, el recibimiento no fue así. Empecé a oír cómo unos pasos se acercaban a la puerta y cuando esta se abrió, me encontré con una mujer de unos cuarenta años, de pelo cobrizo y ojos marrón oscuro. Llevaba unas gafas grandes de color carmín y una gran sonrisa en la cara. La mujer me invitó a pasar y para mi asombro, me hizo sentarme en una silla al lado de la suya, sin ningún mueble entre nosotras y al lado de la ventana, donde los rayos de sol entraban e impregnaban la sala con una sensación de calidez.
La mujer se sentó en la silla que tenía a mi lado y empezó por presentarse. — Buenos días! Me llamo Sandra. Al largo de las sesiones te voy a ir guiando para ayudarte a desenmascarar el porqué de tus acciones, pensamientos, de donde vienen esas espinitas que a veces se nos quedan clavadas y las arrastramos con nosotras toda la vida. En esta mesita tienes pañuelos por si quieres llorar y un poco de agua. — Hice una media sonrisa, pero no dije nada.
Seguidamente, me hizo algunas preguntas para saber un poco sobre mí, por ejemplo, cómo me llamo, qué relación tengo con mi familia, por qué creo que mis padres me han hecho venir aquí, entre otras. Respecto a esta última, le dije que no creía que fuera necesario que yo acudiera a un psicólogo, que estaba bien. Sandra me miró durante un instante, sonrió y procedió a preguntarme cómo era mi habitación, cómo estaba cuidando ese espacio que es mío. — Qué pregunta más tonta. — Pensé. — Como si describir mi habitación me fuera a servir de algo.
La sala se quedó en silencio y eso me hizo sentir un poco incómoda, así que procedí a hacer lo que me pedía. — Es una habitación pequeña, antes la compartía con mi hermana mayor, pero como está estudiando fuera, ahora su cama está ocupada por un montón de ropa arrugada; me da pereza plancharla y ponerla en el armario. — Le dije. — La verdad es que cuando entras en la habitación lo primero que ves es caos y desorden, pero es porque tengo una estantería con muchos libros, material de la escuela y cajas llenas de objetos que a lo largo de los años he ido acumulando. — Continué. — Enfrente están las dos camas, la de mi hermana y la mía, y sobre ellas, dos estanterías pequeñas con libros, calcetines desplegados, algunas botellas de agua vacías y dos plantas pequeñas.
La psicóloga me siguió haciendo preguntas sobre la habitación: ¿De qué color son las paredes? ¿Están en buen estado? ¿Riegas las plantas que tienes en la estantería? ¿Ventilas todos los días la habitación? ¿Te haces la cama?. Estuvimos toda la hora que duraba la sesión hablando solo de la habitación; bueno, yo hablaba y ella me hacía preguntas y apuntaba mis respuestas en su libreta.
Cuando la hora transcurrió, Sandra me dijo que en un tiempo me volvería a hacer la misma pregunta y así veríamos mi progreso. La verdad es que me fui de esa consulta sin entender mucho, sintiendo que había perdido una hora de mi vida. Sin embargo, seguí yendo una vez por semana, pero ya no me preguntaba cosas sobre mi habitación.
Los meses fueron pasando, las estaciones iban cambiando y casi sin quererlo, yo también. Hoy, martes 24 de septiembre de 2019, hace un año exacto que había entrado por primera vez por aquella puerta grande de madera. Me vuelvo a sentar en la misma silla, frente a la misma mujer, Sandra. Como bien me dijo el primer día, me vuelve a pedir que describa mi habitación. Esta vez le explico que ya no hay un montón de ropa sobre la cama de mi hermana y que ya no te invade el caos cuando abres la puerta. Los libros están ordenados, no hay botellas vacías sobre la estantería, ni calcetines por ahí tirados. Ahora tengo una rutina, cuido mi entorno como me cuido a mí misma. Me despierto, abro la ventana para ventilar la habitación, voy a la cocina y lleno dos vasos de agua, uno para mí y otro para las plantas. Me hago la cama y antes de salir por la puerta de casa, coloco bien las cuatro cosas que están desordenadas.
— Llegar hasta aquí no ha sido fácil. — Le cuento. — He tenido que realizar una limpieza muy grande de aquellas cosas que ya no quería, que tenía acumuladas en un rincón y solo hacían que molestar y dejar el espacio más pequeño y desordenado.
— Mira el cajón de tu compañera y sabrás cómo de ordenada tiene su vida. — Me dice Sandra. — La casa es un mapa perfecto de nuestro subconsciente, como una extensión de nuestro mundo interior. Con tan solo analizar este entorno, podemos relacionar las características del espacio con algún aspecto personal que está necesitando una mayor atención. En tu caso, el primer día me contaste que tu habitación estaba desordenada y llena de objetos acumulados. Ordenar, limpiar y sacar lo que sobra es fundamental para el inicio de una nueva etapa, de nuevos cambios y crecimiento personal.
De repente suena el timbre. Sandra se levanta y procede a abrirle la puerta a la persona que está fuera esperando su turno. Recojo mis cosas y, feliz y agradecida, me despido de ella. Hoy me he dado cuenta de la importancia de aquella primera sesión y de cómo ese malestar que me invadía en mi interior terminó reflejándose en el exterior. Sin embargo, y con ayuda, aprendí a afrontar mis problemas y a canalizarlos hasta dejarlo todo bien ordenado como mi habitación.
