El reloj

Entraban claros rayos de luz anaranjados por las ventanas cuando papá se desperezaba de las sábanas, abriendo poco a poco sus ojos color azabache. Se calzaba las suaves pantuflas que mamá había tejido con cariño, pues a él no le gustaba andar con suelas duras. Eso hacía de su andar un movimiento sigiloso, aturdido aún por el sueño. Sus pasos recorrían el pasillo dejando atrás el cuarto e introduciéndose, en la estrecha cocina, de color claro y de suelo enlosado. Las manos de papá abrían la fría cafetera, que rato después hervía al fogón, y un pequeño silbido avisaba de que el café ya estaba listo. 

La manecilla inquieta del reloj apuntaba ya casi las siete y media de la mañana cuando, y como de costumbre, mamá se despertaba con el vigoroso olor del café y una taza caliente frente a su mesita de noche. Una fina mano de largos dedos y puntas suaves palpaba la mesita de noche que, al tocar la tibia taza, la abrazaba y recogía en sus brazos hacia sí. Y al beber, un sabor intenso que besaba sus labios y prendía su cuerpo de energía y calidez. El poso del oscuro café parecía dibujar el mapa de un mundo, trazado con la delicadeza de un pincel fino. Este, no resultaba ser más que la imaginación de una mujer que ajustaba sus ojos a la distancia, pues la visión le fallaba. Su mirada, color miel, ya no era suficiente para ver con claridad, pues sin sus gafas contemplaba un cuarto borroso de manchas tenues y de colores grises. 

En el salón esperaba papá con desasosiego la llegada de ella, aún soñolienta, puesto que tenían visita en la residencia a las nueve y aún no habían desayunado. Mamá apenas llegó, puso dos rebanadas de pan tierno en la tostadora, esperando a que estas quedaran bien crujientes. Aún recordaba las mañanas en las que el tiempo no era escaso y podía entretenerse a decorar su desayuno con mermeladas y dulces. Extrañaba también las conversaciones mimosas con papá mientras escuchaban cantar los jilgueros que se posaban en las ventanas del salón.

Marcaban las ocho y cuarto de la mañana en el reloj cuando mamá se daba cuenta de que el tiempo había quedado parado, esclavo del ajetreo, de las obligaciones, del deber al mirar por los demás. Mamá llevaba cuatro meses visitando a su madre todos los días, exactamente a las nueve de la mañana cuando las grandes puertas de la residencia se abrían a saludar a aquellos familiares que desearan entrar en ella. Le parecía haber perdido todo el sentido del tiempo, desviviéndose por una persona que jamás había sentido aprecio por ella. Deseaba que ese malestar cesara, pero le temía a que aquello significara la pérdida del último familiar que le quedaba.   

Papá recogía con prisa la pequeña mesa del salón, dos platos verdes y un par de cubiertos usados, mientras buscaba las llaves del coche en los bolsillos. Ambos se vistieron con prisa y al salir de casa, como cada mañana, marcaban las ocho y media en el reloj, aquel que su madre le regaló para que nunca llegara tarde. 

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